Tengo un profundo desprecio por los leones disfrazados de corderos. Los odio a todo nivel pero especialmente en política, donde el daño que pueden hacer envalentonados por su hipocresía es enorme. Estoy en las antípodas ideológicas, políticas y morales de un grandísimo hijo de puta como George W. Bush. Pero al menos algo le reconozco, y hasta le respeto, mirá vos: nunca se presentó al mundo como otra cosa que el grandísimo hijo de puta que es. Es por eso que aún más que a los Bush de este planeta aborrezco a los productos como Obama: otro grandísimo hijo de puta pero con marketing de vanguardia new left, paladín de la paz y cruzado pro-derechos de las minorías y los oprimidos. Una celebridad global para los tiempos que corren, en los que decir es más importante que hacer (algo de eso aprendimos acá en los últimos años).
A Obama le dieron el Nobel de la Paz por lo que DIJO que iba a hacer (promover el desarme nuclear), algo que jamás concretó. Pero acepto que acá la culpa no es del chancho: es como que me den el Nobel de Medicina por decir que voy a encontrar la vacuna contra el cáncer. De todas formas, el presidente ganador del Nobel de la Paz entregará el gobierno habiendo metido a su país en más conflictos y habiendo aumentado no solo la presencia militar de EEUU sino su presupuesto en defensa más que ningún otro presidente al menos en los últimos 40 años. Otros datos vomitivos que lo pintan de cuerpo entero: su administración vendió más armas al mundo que ninguna otra desde la segunda Guerra Mundial, y solo en 2016 tiró alrededor de 26.000 bombas, lo que hace más o menos unas 3 bombas por hora.
También dijo que iba a cerrar Guantánamo, y ya sabemos cómo terminó esa historia. Lo que sí hizo fue reconocer públicamente que las ‘técnicas reforzadas de interrogatorio’ eran efectivamente tortura (algo así como decir que el agua moja). Eso si, pidió no ser demasiado moralistas al respecto y calificó a los responsables de los interrogatorios como ‘patriotas’. Obviamente, nadie tuvo que comparecer ante la justicia.
Y ya que estamos en el espinoso tema de responder frente a la justicia, en su primera administración Obama tuvo que lidiar con la crisis hipotecaria, crisis que dejó en la calle a centenas de miles de familias de medios y bajos recursos, muchas de ellas afroamericanas. Los responsables, una manga de ladrones del primero al último, se la llevaron de arriba impunemente. Como muestra de agradecimiento, sus frondosas billeteras estuvieron siempre a disposición de la campaña de Hillary. El Nobel de la Paz escudo de los débiles resultó ser un guerrero globalista cómplice de Wall Street.
Hace unos días la siempre regia de Michelle Obama se despidió del pueblo con un discurso en el que, según cuentan, apuntó en especial a los jóvenes y a los inmigrantes. No lo vi, ni pienso verlo. Solo quiero recordarles que el gobierno que más inmigrantes deportó en la historia ha sido precisamente el de los Obama: unos 3 millones. (Petras, 2016).
En un escenario ideal, el fulano debería terminar sus días preso por genocida, junto a Bush y Tony Blair, aunque todos sabemos que eso no pasará. Lamentablemente, se dedicará a recorrer el mundo como 'poster boy' de la peor cara del ‘progresismo’ global: la pseudo izquierda champagne de celebridades con gorrito y banderitas (Ellen DeGeneres, Beyoncé, Mónica Xavier) y que diluye cualquier esperanza de cambio real en un mar de retórica vacía al tiempo que luce re paqueta en la tapa de Vogue.
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