Un profesor nos enseñó una vez que para demostrar empíricamente la validez de un supuesto, por ejemplo ‘la familia está en crisis’, primero tenemos que definir ‘familia’, luego definir ‘crisis’ y por último encontrar evidencias de que eso que definimos como ‘familia’ está atravesando ese proceso que dimos en llamar ‘crisis’. Siempre utilizo esa misma lógica para explicar por qué, contra la opinión de una bocha de gente, yo sí creo que lo político está por encima de lo jurídico. Las leyes no caen del cielo ni la Constitución se escribió sola, sino que son consecuencia de una discusión que las antecede. Esa discusión, ese debate público, es ‘lo político’. La ley surge a posteriori y es la expresión jurídica de un estado de situación, de un ‘aquí y ahora’ social. Obviamente, una vez que las leyes están vigentes, se cumplen. El argumento de que defender la primacía de lo político significa avasallar el estado de derecho es una tribuneada asustaviejas, de esas tipo ‘los tanques rusos’ o ‘la herencia maldita del neoliberalismo’.
Un berenjenal por el estilo es el de lo político y lo técnico (dentro de lo técnico incluyo a la economía, aclaro). SPOILER ALERT: para mi acá también lo político debería primar. En pocas palabras, a la política le compete decidir qué hacer, a los técnicos cómo hacerlo. Es una sobre-simplificación, ya lo sé, y hay todo un intrincado ida y vuelta, pero como decía Nimo por lo menos así lo veo yo.
Siguiendo esa hoja de ruta llegamos a destino, por ejemplo, en el espinoso tema de la despenalización del aborto. La iniciativa se discutió en la calle y en el parlamento durante años, tuvo su expresión jurídica en la ley 18.897 e incluso se continuó debatiendo de cara a la consulta popular para un referéndum derogatorio. En ese debate todos, libremente, pusimos arriba de la mesa nuestros principios y nuestras convicciones éticas, morales, religiosas e ideológicas para decidir democráticamente en qué sociedad queremos vivir. No necesito que un médico me diga si el aborto es o no un crimen, eso es entre mi conciencia y yo. Pero para opinar si es preferible interrumpir un embarazo por vía farmacológica o por vía quirúrgica, hay que estudiar.
En el tema del acuerdo Ceibal-Google no llegamos a nada porque desestimamos la hoja de ruta y bajamos a la arena política una discusión técnica. Y en el medio de un barullo inconducente terminamos en otro berenjenal de aquellos. El pueblo dejó claro a través del voto que queremos vivir en una sociedad en la que el Estado utilice nuestro dinero para darle a cada niño una laptop. Y décadas atrás, ya le habíamos dado via libre a otro gobierno para implementar el programa ‘Un niño, un libro’. Todas esas decisiones fueron políticas. Pero así como no fue debate nacional qué libros debían estar dentro de aquel programa, tampoco es una cuestión política decidir aquí si a las Ceibalitas se les carga Google Apps, paquetes de Microsoft o software libre. Porque si hay algo que abunda son las aplicaciones educativas. Hay de todo tipo, tamaño, color y precio. Qué herramientas queremos brindarles a los alumnos debe ser un tema académico, no político, económico o empresarial. Quienes saben lo que se necesita dentro de un salón de clase son los especialistas en la materia: los docentes (dije los docentes, no los gremios docentes). Proponer, en estos tiempos, desarrollar nuestro propio procesador de texto o transmitir conocimiento generado por y para uruguayos y uruguayas no es una cuestión política ni técnica, es material para un show de stand-up.
Entiendo el juego político-electoral y lo defiendo, vaya si necesitamos de mas y mejor política. Simplemente tengamos presente que el lobby de indignados con la caída del acuerdo está arriando agua para su molino y no bregando por una educación mejor. Tienen diáfanamente claro que a ningún pibe le va el futuro en tener o no acceso a Google Slides. Es nada mas que otra tribuneada asustaviejas.
FR
Un berenjenal por el estilo es el de lo político y lo técnico (dentro de lo técnico incluyo a la economía, aclaro). SPOILER ALERT: para mi acá también lo político debería primar. En pocas palabras, a la política le compete decidir qué hacer, a los técnicos cómo hacerlo. Es una sobre-simplificación, ya lo sé, y hay todo un intrincado ida y vuelta, pero como decía Nimo por lo menos así lo veo yo.
Siguiendo esa hoja de ruta llegamos a destino, por ejemplo, en el espinoso tema de la despenalización del aborto. La iniciativa se discutió en la calle y en el parlamento durante años, tuvo su expresión jurídica en la ley 18.897 e incluso se continuó debatiendo de cara a la consulta popular para un referéndum derogatorio. En ese debate todos, libremente, pusimos arriba de la mesa nuestros principios y nuestras convicciones éticas, morales, religiosas e ideológicas para decidir democráticamente en qué sociedad queremos vivir. No necesito que un médico me diga si el aborto es o no un crimen, eso es entre mi conciencia y yo. Pero para opinar si es preferible interrumpir un embarazo por vía farmacológica o por vía quirúrgica, hay que estudiar.
En el tema del acuerdo Ceibal-Google no llegamos a nada porque desestimamos la hoja de ruta y bajamos a la arena política una discusión técnica. Y en el medio de un barullo inconducente terminamos en otro berenjenal de aquellos. El pueblo dejó claro a través del voto que queremos vivir en una sociedad en la que el Estado utilice nuestro dinero para darle a cada niño una laptop. Y décadas atrás, ya le habíamos dado via libre a otro gobierno para implementar el programa ‘Un niño, un libro’. Todas esas decisiones fueron políticas. Pero así como no fue debate nacional qué libros debían estar dentro de aquel programa, tampoco es una cuestión política decidir aquí si a las Ceibalitas se les carga Google Apps, paquetes de Microsoft o software libre. Porque si hay algo que abunda son las aplicaciones educativas. Hay de todo tipo, tamaño, color y precio. Qué herramientas queremos brindarles a los alumnos debe ser un tema académico, no político, económico o empresarial. Quienes saben lo que se necesita dentro de un salón de clase son los especialistas en la materia: los docentes (dije los docentes, no los gremios docentes). Proponer, en estos tiempos, desarrollar nuestro propio procesador de texto o transmitir conocimiento generado por y para uruguayos y uruguayas no es una cuestión política ni técnica, es material para un show de stand-up.
Entiendo el juego político-electoral y lo defiendo, vaya si necesitamos de mas y mejor política. Simplemente tengamos presente que el lobby de indignados con la caída del acuerdo está arriando agua para su molino y no bregando por una educación mejor. Tienen diáfanamente claro que a ningún pibe le va el futuro en tener o no acceso a Google Slides. Es nada mas que otra tribuneada asustaviejas.
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