17 dic 2016

Había una vez un presidente devenido en rockstar global, famoso por hablar mucho y hacer poco, que prometió cerrar la cárcel de Guantánamo pero en un sorpresivo giro de los acontecimientos, no cumplió. Lo que sí hizo fue ‘liberar’ (el entrecomillado es adrede) a algunos tipos que estaban allí desde hacía más de una década por portación de rostro (de haber hecho algo nunca los hubieran liberado). Quedaba por resolver el incómodo tema de dónde meter el paquetito. Como siempre hay un roto para un descosido, apareció otro presidente devenido en rockstar global, también famoso por hablar mucho y hacer poco, que se ofreció a solucionarle el espinoso problema canjeándolos como si fuesen mercaderías por algunas toneladas de cítricos y de paso quedar en carrera para el Nobel de la Paz.
Hasta ahí la historia que todos conocemos y que hasta ahora nadie ha refutado. Extraño concepto de libertad el que se le aplica a Diyab. Porque resulta que puede salir del Uruguay pero no hay país que lo reciba. Pasó a estar preso en un lugar más grande y probablemente más lindo pero que le debe resultar igualmente alienante: la rambla, los bizcochos y el mate no significan nada para alguien de otra cultura, que habla otro idioma y que está forzado a vivir lejos de su familia desde hace 15 años, porque sí nomás.
Lo que me sorprende es el enojo por lo protestón que resultó el malagradecido. Supongo que esos mismos uruguayos que se indignan con Diyab, por unos mangos del Estado, vivienda y una MacBook dejarían a sus afectos y se irían a vivir solos en Abu Dhabi. Es el triunfo de la filosofía Astori: no sé de qué se queja si EN TÉRMINOS REALES es más libre que antes.

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